EL GRAN PERIODISMO CHICO

Desde el destape de los audios, no dejo de pensar en lo que significa ser periodista independiente en el Perú: el trabajo arduo de estos hombres y mujeres que cuentan las historias que otros no quieren que escuches, Ser independiente y periodista debería sonarnos a redundancia pero eso casi nunca es así. Informar si ataduras requiere una disciplina consciente, la decisión de no generar relaciones de interés, la persistencia en evitar favores y cherrys. Requiere apostar por la tensión constante. El periodista independiente pierde amigos y deja de recibir invitaciones. Su mesa, en el 28 de julio y en Navidad no tienen whiskies ni colonias caras. No hay para el viajes al Caribe con todo pagado Este informador publico aprende rápido que no existen regalos desinteresados. Aprende a verlos con sospecha, y peor, con desprecio.  

Los medios independientes tienen una característica común: evitan recibir publicidad de empresas que puedan condicionar sus contenidos. En un país como el nuestro, en que la corrupción y las malas prácticas alcanzan a tantos sectores privados y estatales, la cantidad de grupos de las que no es buena idea recibir publicidad crece cada día. Ser principista tiene costos: con el tiempo, ninguna empresa te pondrá anuncios. Para seguir haciendo periodismo de verdad, estos medios tendrán que vivir de sus lectores, como el semanario que tienen entre sus manos, o conseguir fuentes propias de financiamiento (provenientes, por ejemplo, de fundaciones internacionales y de una ONG paraguas, como el caso de Ideele. Los medios independientes tienen mucho aplomo – o vocación masoquista-: en el Perú, la publicidad es el oxígeno de las revistas y los diarios, y esta se consigue con relaciones públicas y docilidad. Renunciar a estas prácticas de buena onda es recostarse los recursos, ponerse al borde del desahucio

Por supuesto, los medios independientes son más vulnerables: no tienen bufete de abogados ni locales-bunker donde guardias de seguridad protejan la integridad de los periodistas. Lo cual resulta paradójico si consideramos que son estos medios los que se atreven a meterse con el poder, los que exponen en sus páginas a los peces gordos, con nombre propio y foto. Hay algo romántico en el contraste, la opulencia de esos corruptos y la austeridad de los ambientes en los que se preparan sus semblanzas. Pero la imagen es también la estampa del peligro.

Porque profesionales como Gustavo Gorriti o Cesar Hildebrandt – director de este semanario- tienen un nombre y prestigio ganados. Constituyen parte del capital de sus medios y se han vuelto intocables, entre otras cosas, por que alguna vez trataron de matarlos (son sobrevivientes). Esto genera cierta protección para sus reporteros. Aun así, la existencia de estos medios es una lucha constante contra los ataques de gente más poderosa. Imaginen ahora cómo será la situación de los que apuestan por la independencia desde los márgenes, en ciudades lejanas, sin ser conocidos ni tener la atención de la capital. Radios pequeñas con vocación combativa. Diarios que sobreviven poniendo en evidencia a algún alcalde matón. Blogs que informan sobre narcotraficantes.

Estos periodistas, que renuncian a las gollerías de las relaciones públicas, son los que muchas veces corren los riesgos – riesgos altos-, para que luego un medio grande se dedique a la recirculación, que siempre es más segura y menos comprometida.

La diferencia entre los medios chicos, que hacen periodismo sin proteger intereses externos, y los medios grandes con fines de lucro, no tendría que ser tan marcada. De hecho, en otros tiempos el periodismo tenía garantizada la autonomía aun en empresas muy comerciales: siempre hubo presiones, pero un editor con un destape bien sustentado, con pruebas, tenía muchas posibilidades de salir adelante. El juego de caballeros los permitía.

Hoy hasta un practicante entiende que no tiene sentido plantear una denuncia contra una empresa que pone publicidad en el periódico donde trabaja. Es una suerte de sentido común con el que se convive: autocensura silenciosa. Esto se traduce en cosas simples. Por ejemplo: muy poca gente conoce de asuntos como las huelgas de trabajadores de Ripley, o las demandas del sindicato de Backus; son temas que, simplemente, no aparecen porque se trata de corporaciones capaces de llenarte una pauta anual de avisos, en todas las plataformas. Esta situación no se da solo en el Perú. Es un fenómeno global. De ahí que en todo el mundo aparezcan historias increíbles que surgieron de medios independientes, los que van ganando fuerza y se llevan premios. Los que tienen, en países como México, victimas mortales que lamentar. Muy relevantes que los grandes medios ignoran

Todo el mundo parece palmearle la espalda a estos medios. Pero, si se fijan, la mayor parte del tiempo publican destapes muy relevantes que los grandes medios ignoran olímpicamente. Solo cuando existe una amenaza más grandes para estas corporaciones –en el caso reciente, la Ley Mulder que los dejaría sin un ingreso importante de publicidad- estos hacen ecos de investigaciones iniciadas por los pequeños. Gustavo Gorriti es astuto, lanzó la investigación de los audios del Consejo Nacional de la Magistratura en el momento justo en el que los medios hegemónicos están enfrentados con el Congreso fujimorista. Por eso se suman al destape y el ruido provoca una crisis nacional. En otras circunstancias, con menos amplificadores, la denuncia hubiera seguido el curso tibio del escándalo de un día. Recordemos que los medios pequeños tiene una desventaja ineludible: su alcance siempre es menor.

Que este escándalo sirva para acudir a nuestros medios independientes, que están allí y tienen a periodistas respetables. Que la indignación nos traiga la costumbre de informarnos con ellos, de prestarles oídos como quien, en la aldea,  escucha a los que mas saben. Porque  al leerlos los hacemos más fuertes. Y necesitamos de esa fuerza. Para que no nos mientan.

Juan Manuel Robles

HILDEBRANDT EN SUS TRECE

Subdecano de la prensa nacional
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