«El Callao» Noviembre de 1883

El Callao, es una de las más importantes ciudades del Perú, no puede carecer por más de un periodismo que sirve de órgano a sus intereses y sea el eco fiel de las opiniones.

     Desde que el bloqueo de nuestro puerto dispersó a sus moradores y obligó a la prensa periódica a suspender sus tareas, los diarios que aquí estableció la ocupación chilena, apenas pudieron hacer algo en protección de sus conveniencias. Esas publicaciones no podían mirar sino con el carácter de secundarios los intereses de la localidad, y su palabra más de una vez fue para nosotros amarga, porque necesariamente tenía que armonizar con algo que se hablaba en pugna con nuestras inspiraciones.

     Evacuada la pieza por las fuerzas de la ocupación y constituida en olía las autoridades nacionales; era preciso que todos los cementos de esta sociedad entrasen en su movimiento regular, que este organismo recobrase sus funciones ordinarias, y con ellas, el uso de la palabra, después de tan prolongado silencio.

     Satisfacer esta última necesidad en cuanto lo permitan nuestras fuerzas es el fin que nos mueve a poner al servicio del público del diario que hoy le ofrecemos.

     En la situación actual del país deber de todo ciudadano es llevar siquiera un grano de arena a la obra de la reconstitución de este edificio; que la impresión y las malas pasiones redujeron a los escombros y con la buena fe del patriotismo honrado queremos llevar nuestro contingente, por pequeño que sea, a esa obra, grandes y difícil, pero es preciso terminar.

     Creemos que no hay ideas inútiles; por equivocadas que sean las nuestras servirán, por lo menos, para estimular a los hombres pensadores de resto criterio a combatirlas, y de allí brotará la verdad, que siempre luce cuando se discute con sincera intención de descubrirla.

     Afortunadamente entramos en la arena sin pretensiones, sin vínculos políticos, si afecciones de partido y hallamos en nosotros la fuerza de voluntad necesaria para decir siempre nuestra opinión sin rodeos, inspirándole en la opinión del público, que nos esforcemos por conocer en su plenitud.

     Jamás nos dejaremos arrastrar por intereses mezquinos ni batiremos por oficio, el incensario ante ídolo alguna, ya sea que lo veamos en los altares, ya que tropecemos con él al recorrer nuestro camino.

     Si n necia pretensión de dirigir a los que ejerzan la autoridad, sin tomar el carácter de protectores de los vicios inoculados en el pueblo por una educación descuidada y perniciosa, expondremos con franqueza nuestro parecer, para que se le tome en cuenta si fuera acertado; pero jamás propenderemos al desprestigio del poder constituido, porque creemos que entre las causas de nuestros males figuran, y no como de escasa menta, el completo olvido de la conveniencia a este respeto y el abuso de las libertades conocidas por la ley.

     Por demás escabroso es el exaltar las pasiones políticas o revivir los odios de bandería; y dará atención preferente a los intereses de la localidad en que se edita, sin olvidar por eso las grandes conveniencias en el país, que defenderá con la decisión del más puro y abnegado patriotismo.

     Por eso «El Callao» procura  alejar de sus columnas cuanto puede exaltar las pasiones políticas o revivir los odios de bandería; y dará atención preferente a los intereses de la localidad en que se edita, sin olvidar  por eso las grandes conveniencias en el país, que defenderá con la decisión el más puro y abnegado patriotismo.

     Al proceder así creemos que se hará digno de su nombre; la ciudad del Callao, que ha tomado siempre un puesto en las filas de combate, cuando se ha tratado de resistir a los agresores que de afuera han venido a herir a nuestra patria, estuvo ausente siempre de los grupos de amotinados que se proponían derribar una autoridad, o levantar un partido personal a la cumbre del poder. Este pueblo entregado siempre a sus labores mercantiles o industriales, solo dejo el taller o el escritorio para acudir al llamamiento de la República ultrajada; pero tampoco fue nunca indolente con las suertes de sus hermanos, ni miro con indiferencia la solución de los problemas económicos y políticos, que podían comprometer la suerte de la Nación.

     Los antecedentes de este pueblo viril y patriota tiene señalado el camino que debemos seguir: afortunados seremos si no nos extraviamos y si, al recorrerlo, podemos limpiar la senda de las malezas que la incuria ha permitido que broten en el.

     La agricultura y la minería están llamados a sustituir  la riqueza que el Perú dejará de poseer en cambio de la paz; y es necesario que sobre ellas se dirijan todas las miradas de los que sinceramente deseen la restauración de la hacienda nacional y el engrandecimiento de este país, tan desventurado hoy, como poderoso y rico en no muy lejanos días.

     Para dar a esas industrias, el desarrollo conveniente, hay que resolver los problemas relativos a inmigración, irrigación del litoral y aperturas de caminos, porque carecemos de brazos, que impulsen el trabajo y den facilidades para el transporte de sus productos, y perdemos una extensión considerable de tierras hoy inculta que riegan nuestras costas.

     Si la administración  nacional debe consagrar su actividad y su poder a la satisfacción de estas imperiosas necesidades del país; también los encargados de la administración local en las distintas secciones del territorio, y más que todo los mismos particulares deben propender a este fin; porque ya la experiencia ha probado  que la iniciativa del Gobierno es infecunda, cuando las negligencias en los agentes públicos, que deben secundarla y la indolencia de los que han reportar inmediatamente el beneficio  vienen a frustrar; sus propósitos o aumentar las dificultades que la naturaleza o las preocupaciones oponen.

     Manos a la obra. Ensayemos cualquiera de los planes de inmigración que en distintas épocas se han concebido, desechando únicamente los que una vez probado no han correspondido al intento.

     Con tal motivo creemos oportuno recordar que todo proyecto que no asegure al inmigrante la condición de propietario o participe en los productos  que con su cooperación se consignan, es un proyecto inútil.

     En el interior del Perú abundan las tierras de libre disposición del Estado pero la mayor parte de ellas se encuentran en condiciones análogas a las montañas del Pozuzo, sin comunicación con el litoral, sin cambios que faciliten la exportación y cambio de los productos. En las costas todas las tierras se hallan bajo el dominio de algún particular, y los capitales de que estos disponen son insuficientes para hacerlas productivas en su totalidad con daño de ellos mismos y evidente perjuicio de la riqueza pública.

     Combinar el interés del Estado con los que los propietarios y de los inmigrantes, en el interior y en la cosa, es el gran secreto, a nuestro juicio, para llamar a nuestro suelo una corriente de colabores industriales como la que se han procurado los Estados Unidos de Norte América y la República Argentina.

     Algún sacrificio debe hacerse para, conseguir el benéfico concurso de elementos que aumenten la producción en nuestro país y con ella nuestro bienestar y nuestro poder. El propietario debería ceder algo de esa propiedad que no alcanza beneficiar al que le ayuda a mejorarla y explotarla, como ha cedido siempre el Gobierno sus tierras a los que con su ingenio y las fuerzas de sus brazos han logrado arrancar de ellas frutos que antes eran incapaces de producir.

     Persuadir a los dueños de tierras incultas de esta necesidad, y alegar las resistencias que pudieron levantarse si se adoptara si su beneplácito una medida general, que el egosimo calificaría de expoliatoria, por favorables que fueran sus resultados, es lo que ante todo debe procurarse, haciendo a los que presten su apoyo y cooperación, concesiones de que no disfrutarán los que, aferraos sus derechos y cegados por un individualismo intransigente, se negasen a contribuir la realización de obrar tan interesante.

     L a apertura de caminos, para llevar la inmigración al interior y extraer de esa fértil y valiosa región del territorio los abundantes productos de su agricultura y de sus venas metalíferas.

     Tampoco debe quedar completamente entregada a la sola acción del Gobierno una contribución , satisfacerse con trabajo personal o con dinero, proporcionaría los medios en convertir en fácil y rápida una comunicación en que hoy se hace por estrechos y peligrosos senderos; y a fin de que los rendimientos de ese impuesto no fueron distraídos de su importante objeto correspondería al Gobierno crear comisiones inspectoras, formadas precisamente de aquellas personas que más vinculados tuvieses sus intereses particulares a la realización de las obras.

     En materia de inmigración podría seguirse un procedimiento análogo al que se empleará para tener buenas y cómodas vías de comunicación, o cualquier otro que fuese más eficaz en sus resultados.

     No pretendemos invadir el terreno de los detalles: solo queremos insinuar la idea de aprovechar todas las fuerzas utilizables en la realización de tan imperiosas mejoras, dejando a los hombres de ciencia a la concepción de los medios conducentes a la ejecución de este pensamiento, tantas veces acariciado y otras tantas desvanecidas por la incuria de los que debieron ponerlo en obra y por las desconfianzas que nuestras interminables agitaciones intestinas han creado siempre en todos los espíritus.

     Ya es tiempo de pensar fieramente y romper las antiguas prácticas que nos han arrastrado a la situación dolorosa en que nos hallamos hoy. Si no enseñamos a nuestros pueblos a vivir el sudor de su frente; si no estimulamos su capacidad productora con la formación de basta y múltiples empresas, y los dejamos vegetar en el ocio corrompiendo su moral y pervirtiendo sus costumbres; si dejamos que el aguijón de la miseria punce su corazón y despierte en el sentimiento, aún desconocidos por fortuna; no solo veremos alejarse ese período de regeneración, que todos los espíritus honrados ansían con vehemencia; si no que tendremos el dolor de asistir, en tiempo tal vez no muy remoto, a escenas de horror, a perturbaciones profundas del orden social, que la prudencia aconseja evitar con cuidadoso afán.

 

Subdecano de la prensa nacional
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