SANTOS

Estamos en un día de abril del 1969. Es una jornada de temprana primavera boreal, con el equinoccio aún reciente. De los techos de dos aguas la nieve y el hielo invernales se derritieron y escurrieron, cayendo primero en chorritos y luego en gotas, gotita a gotita, hasta agotarse. Por las hendiduras o cauces de las rojas tejas descendió todo lo que el invierno había acumulado en la techumbre de las casas. Las pizarras de las cubiertas refulgían al Sol, con un cielo que amaneció claro, transparente y mostrándonos una tonalidad azul profunda. Las brisas húmedas del Báltico nos traen el hálito de sus olas. Las calles del viejo Tallinn se hallan concurridas, rebosantes de lugareños y de turistas; fluye toda una multitud abigarrada, heterogénea, torrencial, que circula dinámica por sus callecitas empedradas. Adoro las calzadas adoquinadas y las calles retorcidas, como las de mi viejo Callao, allá donde vine al mundo y aprendí a interpretarlo, donde di mis primeros pasos y tuve mis primeras caídas; calles que no sé por qué no las protegen y preservan para la posteridad, como se hace aquí en Estonia y en Europa. Una callecita sin sus vetustas casas y sin el piso o embaldosado con que nació se encuentra privada de historia, de atractivo y de belleza. Volvamos, sin embargo, a Tallinn.

Calle empedrada de las esquinas de la Calle Colón con Paz Soldán (1930). Nótese en el lado izquierdo, en la esquina el local del Colegio San José de los Hermanos Maristas

Calle empedrada en Tallinn

Quien por otras características no conociese la procedencia nacional de los circunstantes a los que me refiero sólo tendría que observar quiénes elevan la voz para hablar y quiénes lo hacen en voz baja, casi susurrando. Propio de los eslavos, en especial de los rusos es la expresión vívida, el accionar de manos y brazos, la dicción de elevados decibelios. Los estonios, por el contrario, hablan a media voz y sin gesticulaciones, murmurando, bisbiseando sus frases. Hasta nosotros no llega el rumor lejano de las masas acuáticas porque se ven sobrepujadas por el de la muchedumbre.

Vamos por la Plaza del Ayuntamiento –Raekoja plats, en estonio-, en cuya fachada frontal del Concejo destacan sus ocho arcos ojivales que franquean las galerías y portales que dan a la plazoleta, arquería apuntada, de roca gris, con impostas y dovelas tan características de la antiquísima arquitectura de la capital de Estonia, roca gris cuyas canteras encuéntranse desparramadas por el litoral de su parte continental. Es mediodía y sentimos hambre.

Plaza del Ayuntamiento y Ayuntamiento de Tallinn

Salimos de la Plaza del Ayuntamiento, volteamos hacia la izquierda y tomamos la Calle Viru del Tallinn medieval y hanseático. Allí, en el vértice de la Calle Vene con la de Viru, en un segundo piso hay un restaurante donde almorzamos cuando visitamos la ciudad. Subimos las pretéritas escaleras de madera donde cada peldaño revela el paso de generaciones e ingresamos en la primera de las dos espaciosas salas, ocupadas en su totalidad. Las mesas son numerosas, suficientes, sin que ello dé impresión de hacinamiento, que no lo hay. Son muebles de roble, compactos, firmes, con cuatro sillas alrededor, todo de color caoba. Las mesas, cuadradas, de un metro por lado. El ambiente se nos presenta como arrancado de ambigú de entreguerras, como atrapado de los años treinta. Las ventanas son grandes, pero estando con las cortinas corridas amortiguan la claridad primaveral que envuelve la ciudad.

Tallinn Calle y Puerta de Viru

Las mozas se multiplican para atender a los comensales. Miramos hacia aquí y hacia allá … No, no parece que haya puestos libres. Ambos intercambiamos una mirada de contrariedad. Quizás debamos irnos a otro lugar. Meditando la posibilidad de irnos no tuvimos tiempo para llevar a cabo tan propósito porque justo en ese instante nos topamos con dos ojos que nos asaetan con mirada aguda, comprensiva, benevolente. Él está solo, ocupa una sola mesa sin nadie que lo acompañe. Según la costumbre de la época, viendo espacio libre nos animamos a pedirle permiso para sentarnos. Inmediatamente acepta gustoso, y con siniestra mano nos indica las dos sillas desocupadas en la que nosotros dos nos acomodamos.

 

 

 

 

 

Subdecano de la prensa nacional
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